jueves, 25 de marzo de 2010

Alejandro VI, el Papa corrupto.


Alejandro_VI El Papa.
Si hubo una familia poderosa en la Italia renacentista, ésta fue la de los Borgia. De origen español (el apellido en verdad era Borja, proveniente de Valencia o de Aragón, según distintas versiones), los Borgia fueron célebres por su crueldad, por su sed de poder y por haber sido los mecenas de grandes artistas como Tiziano, Miguel Angel o el Bosco. También contaron, por qué no, con dos Papas en su haber. Uno de ellos fue Alejandro VI. Nacido en Játiva, España, se llamaba en verdad Rodrigo Borgia (1431-1503), fue un político con sotana más que un clérigo consagrado a Dios y, de forma casi unánime, ha sido considerado como el Papa más corrupto en la larga historia de la iglesia católica.
Ya se sabe que los Papas, que los sacerdotes en general, no necesariamente cumplen con lo que predican; en el caso de Alejandro VI la doble moral fue, no obstante, flagrante. Su tío Alfonso había sido nombrado Papa en 1455, bajo el nombre de Calixto II. Nada casualmente fue durante este mismo papado que el sobrino logró ser cardenal con apenas 25 años de edad. Alfonso Borgia (o sea, Calixto II) duró muy poco al frente del Vaticano, apenas tres años, y fue sucedido por Inocencio VIII. Entre tanto Rodrigo regresó a su España natal, fue nombrado obispo de Barcelona, luego arzobispo de Valencia y, para matar el tiempo, se puso a engendrar hijos pese a sus votos de castidad. De madre desconocida nacieron Girolama, Isabel y Pedro Luis. Con una muchacha llamada Vanozza Cattanei --que era, parece, hija de una antigua amante suya-- tuvo cuatro más: tres varones (Juan, César y Jofre) y una mujer llamada Lucrecia. De esta última se ha dicho que mantenía relaciones incestuosas con sus hermanos y también con su padre, el futuro Papa.
Rodrigo Borgia se convirtió en Alejandro VI en agosto de 1492 mediante la compra de muchos votos cardenalicios, más de los que podían comprar sus rivales de entonces: Ascanio Sforza y Giuliano della Rovere. Lejos de ocultar a sus hijos o a sus amantes, el nuevo Papa de inmediato se mostró dichoso de exhibirlos en público. No tardó en estrenar una nueva concubina llamada Giulia Farnese y apodada --parece que con suma justicia—“Giulia la Bella”. También se valió de su poder con objeto de conseguir las más convenientes alianzas matrimoniales para sus herederos: Jofre se casó con una nieta del rey de Nápoles; Juan se convirtió en Duque; Lucrecia se casó primero con el Señor de Pesaro, más tarde con el Duque de Bisceglie y por último con el Príncipe de Ferrara.
La historia afirma que Alejandro VI tuvo otros dos hijos con una tercera mujer más o menos estable: Julia Farnesio, elegida para ocuparse del lado más humano del Papa nada menos que por Vanozza, la primera amante oficial. Promediando el papado de Rodrigo Borgia, su hijo Luis apareció ahogado en el río Tíber. Muchos murmuraron que Luis había sido asesinado por su hermano César, el mismo que primero fue en cardenal, después renunció a ello para dominar todo el norte de Italia y terminó convertido en el favorito de Nicolás Machiavelo, quien escribió su famoso libro “El príncipe” tomándolo como modelo.
Al margen de sus actividades principales (los excesos y las conspiraciones), el Papa de los Borgia tuvo tiempo de intervenir en el conflicto entre Castilla y Portugal por la repartición de las tierras del Nuevo Mundo: las llamadas “Bulas alejandrinas” fueron el antecente directo al famoso Tratado de Tordesillas.
Los Borgia pasaban de rivalizar a entablar alianzas con otras familias influyentes de su época como los Orsini. los Sforza o los mismísimos Farnesio. Fruto de esto eran expertos en intrigas palaciegas, en negocios turbios y envenenamientos. A tal punto que cuando Alejandro VI murió algo repentinamente (el 18 de agosto de 1503) las malas lenguas dijeron que, en realidad, era consecuencia del error de un criado que le había servido al Papa una copa de vino con veneno destinada a otro comensal. El sucesor de Alejandro VI , un tal Franceso Todeschini-Piccolomini, asumió bajo el nombre de Pío III. Una de las primeras acciones del nuevo Papa fue condenar la gestión de su antecesor.
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